DE NIÑOS Y RACIONES

Hoy os quería hablar de las disidencias con ‘los aconsejadores’ a la hora de limitar tanto las raciones como las veces en cuestión que picotea entre horas mi churumbel.

 

Y es que, por si no fueran pocos los consejos que te regalan con esto de la maternidad, hay que sumar los que se refieren a la alimentación.

Empezando por el destete y terminando con la cantidad de danoninos que das a tu retoño. A ver, no os equivoquéis, yo acepto consejos, críticas y lo que haga falta (según de qué humor me pille, también te lo digo). Pero otra cosa es ya criticar por criticar pero sin aportar soluciones. Esto ya sí que me envenena.

 

Se dice, se comenta, se rumorea…

 

Se dice que a los niños que comen poco no hay que forzarlos. Por otro lado también se dice que hay que crearles unos hábitos y para ello se ha de forzar un poco. En este tema, como en prácticamente todos, hay un general desacuerdo.

Pero claro una cosa es no forzar y otra que el niño esté ‘semidesnutrido’ porque sólo come dos porquerías que ni alimentan ni asunto que le valga. En estos casos, yo creo que más que forzar hay que animar a probar cosas, a descubrir sabores. Pero claro está, sin dramatizar ni sumirte en un ‘Belenismo chonil’ gritando a pleno pulmón:

“Andreíta cómete el pollo”

Poco a poco, con paciencia y dando ejemplo, claro está.

 

Por otro lado están los niños que -como mi ‘Pancibola’- no le hacen ascos a nada, prueban lo que sea, le puede gustar más o menos, pero lo prueba y se lo come. (Se ha llegado a meter en la boca un cuchara dosificadora de papilla, llena de barro, porque una madre con su hija dijeron que era helado de chocolate en el parque, no os digo más).

Pero estos niños tragaldabas (que deberían ser una bendición, siempre que se mantengan alejados de venenos, claro está) también quedan expuestos a ‘los aconsejadores’.

 

Y te ves obligada a escuchar una y otra vez:

 

“Aún es muy pequeño para comer legumbre”

O su versión: “La legumbre por la noche es muy indigesta”. Vale, puede ser, pero yo me rijo por el manual del bebé (una especie de instrucciones que te da la pediatra distribuídas en varias hojas en las que te explican cosas tan útiles como son las edades recomendadas para la introducción de ciertos alimentos, y otras más evidentes, como no dar lejía al niño, o no tirarle por las escaleras (que, oye, si lo ponen será por algo).

“Le vas a hacer un estómago enorme con esas cantidades de comida!”

A ver, si yo como madre soy una insensata y cebo a mi hijo cual pavo de navidad -ya me visualizo con el embudo- Ya está mi niño para indicarme si está lleno. Que será un bebé pero no gilipollas.

“¿Otro Danonino? No come más que caprichitos este niño”

Bueno, bueno, puedo ser un desastre en muchas cosas, pero la alimentación de mi hijo me la tomo en serio. Es decir, si yo le doy otro Danonino, es porque el niño ha comido estupendamente y no le va a hacer ningún mal ‘chuminear’ un poco de goloseo.

“Ha merendado un montón”

Con esto te están queriendo decir que tu hijo ha pasado más hambre que el tamagochi de un sordo, vamos, que le han dado tres gajos de mandarina, cuatro pellizcos de jamón york o un yogur. Eso a mi niño se le queda entre los dientes.

“A los niños pequeños hay que ponerles poca cantidad, porque tienen el estómago pequeño. Y además si ven mucha comida en el plato se quedan como alucinados y entonces no te comen nada”.

En este punto ni voy a entrar.

Ya me estoy alargando y total, ya se veía venir que iba a ser una entrada quejicosa.

Hasta la próxima, mi tragoncete y yo devolvemos la conexión

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